Vida, obra y pensamiento
 


Che Combatiente.

Por: Joel Iglesias.

¿Te atreves a cargar el saco ese ? ..

Me preguntó Che señalando uno de los sacos de yute lleno de magazines de ametralladora que habían llegado recientemente a la Sierra.

Bueno, yo sí me atrevo-le contesté, para apoyar aún más lo que estaba diciendo, para convencerles de que me aceptaran en el Ejército Rebelde. Yo les decía que aunque joven, era fuerte, que estaba acostumbrado a trabajar en el campo. De esta forma entré de ayudante de la ametralladora de Che junto a Alejandro Oñate Cañete, Cantinflas.

Después de caminar por los Brazos de Peladero, Pino del Agua y la Loma de Veintiséis, el 28 de mayo de 1957 se inició el ataque del Uvero.

De guerra yo no tenía idea, ni siquiera en el cine, y el fuego comenzó oscurito en la madrugada. El grupo atacante seríamos unos ochenta y tres hombres y los soldados estaban parapetados en un cuartel de madera, con distintos nidos de ametralladoras y con fusilería en posiciones ventajosas, altas. Próximo al cuartel existían unos bolos de madera del aserrío de los Babunes y ellos se protegían allí. Por el contrario, el sector nuestro tenía hierba rala, cortica y para no dejarnos ver, debíamos ir a rastras.

Unas dos horas de fuego constante nos pusieron en situación difícil. Los heridos nuestros aumentaban, e incluso hirieron a Juan Almeida. La conmoción que produjo esta baja no fue muy ventajosa en ese momento en el ánimo de los que peleaban. Che, percatándose de la situación, dejó de avanzar a rastras, se paró con la ametralladora, al nivel de la cintura, y avanzó erguido a paso ligero sobre el cuartel.

Mientras avanzaba, encontramos un herido, se inclinó y le aplicó una rápida cura, ordenándome que permaneciese junto al combatiente y después lo alcanzara. Fue él uno de los que entró primero al cuartel. Cuando la tropa principal se retiró, permanecimos allí curando a los heridos. Eran unos diecinueve del ejército de la tiranía y unos nueve por nuestra parte, dos bastante graves. Luego recogimos medicinas, comida, todo lo posible y nos fuimos. En las estribaciones de la Sierra Maestra enterramos nuestros muertos y buscamos un lugar donde pudiesen reponerse los heridos. Éramos cinco hombres cuidando de Almeida, Maceo, Hermes, Kike Escalona, Manals, Peña y Manuel Acuña; los tres primeros estaban delicados y teníamos que transportarlos en hamaca. Esto, más la aviación buscándonos, y esperando también la persecución el ejército, hacían muy penosa la situación del grupo.

Fue una etapa dura, caminábamos todo el día y sólo avanzábamos dos o tres kilómetros, sin apenas comer, los heridos empeorando, lloviendo, sin condiciones higiénicas. Luego dimos con la casa de Emelina e Israel que nos atendieron, nos cocinaron almuerzo que no pudimos comer porque el matrimonio fue preso por el ejército y no pudieron llevarnos la comida al monte. Debo destacar que no nos delataron, que se portaron valientemente.

El campesino Israel Pardo.

Cuatro a cinco días llevábamos de marcha, todavía en la región de Peladero, en la base de la Loma de la campaña; Sinesio, el guía, propuso buscar a unos amigos suyos y traerlos para ayudar. Volvió con tres más: el viejo Feliciano, el compañero Bandera, que murió en combate, y con Israel Pardo. Con esta ayuda avanzamos más rápido, con rumbo fijo. De aquello podría hablarse largamente. Almeida, por ejemplo, pese a tener dos tiros en el cuerpo, caminaba arrastrándose, sujetándose a los árboles. Nosotros apenas podíamos ayudar, porque siempre debían ir algunos detrás borrando huellas, vigilando, no fuésemos sorprendidos, y en caso de sorpresa, fajarnos mientras los heridos se alejaban. Ya con los tres campesinos fuimos hasta la casa de Israel y allí estuvieron treinta y cinco o cuarenta días los heridos, reponiéndose. Desde la casa de Israel, Che estableció contacto con Santiago de Cuba a través de un mayoral y recibimos medicinas y comida. También creó redes con los campesinos conocidos de Pardo, seleccionando los mejores. Pocos sabían el lugar exacto del campamento, aunque conocían que estábamos en la zona. Che dijo que durante el combate me había portado bien y yo había oído decir que las armas buenas se daban a los mejores hombres y después de este reconocimiento, pensaba que me darían una buena. En aquel combate había cincuenta y tres soldados, de los cuales diecinueve fueron heridos, catorce muertos, catorce prisioneros, y seis se escaparon; así que había bastantes armas. Che se me acercó y me dijo: Te portaste bien, te ganaste el uniforme. El uniforme del Ejército Rebelde. Eso fue lo que me dio.

Una cosa que da la idea de como era Che, fue el caso de Maceo. Maceo, uno de nuestros compañeros, dijo tener vocación para enfermero; y Che le permitió inyectarle dos veces al día para que aprendiese y luego nos pinchase a nosotros. Esto lo hizo porque cuando Maceo dijo que quería inyectarnos, todos nos negamos a servirle de conejillos en el experimento.

Otro rasgo de Che que impresionó mucho fue cuando Vilo Acuña -caído en Bolivia en el ejército internacionalista comandado por Che Guevara- y yo oímos voces en la manigua y fui a avisarle que había peligro. Él vino conmigo a donde estaba Vilo que ya se había encargado al lugar, y pudo ver que eran hombres con uniforme. Se decidió sorprenderles. Vilo se adelantó para salir primero al claro, pero Che, mucho más rápido, lo echó a un lado y salió él al encuentro de los hombres. Creyó que eran enemigos. Resultaron ser los prisioneros del Uvero que habían sido libertados, y buscaban por donde salir.

Ya repuestos los hombres, iniciamos la marcha. Algunos recién incorporados se “rajaban” y la cifra de combatientes oscilaba de treinta a treinta y cinco hombres. Debíamos desplazarnos del este del Turquino, al oeste, lo que es una gran tirada, bordeando el Turquino. En dirección al Naranjo; pero más arriba existía un bohío. Detuvimos la tropa y fuimos Guille, Che y yo a visitarlo. Cuando llegamos acababan de comer pero todavía quedaba un banquete; congrí, malanga, carne de puerco. Mientras Che hablaba con el campesino, su mujer nos servía comida y aclaraba:

“luego hago la otra comida, vayan sirviéndose”. Pero intervino Che y nos dejó el gusto en la boca: Señora, por favor, coja una lata grande y eche toda la comida, préstenos unas cucharas para repartir entre todos; el hambre es pareja y no vamos a comer nosotros solos.

En la marcha hacia el lugar donde se hallaba Fidel, pasamos farallones amarrándonos con las sogas de las hamacas; el ejército nos tendió una emboscada que evitamos, hasta que en Arroyo del Infierno encontramos la Columna 1 de Fidel, en el suroeste de la Maestra. ¡Cuarenta días sin saber de ellos! Tenía ya doscientos y pico de hombres. De ese encuentro salió la Columna 4 -que fue en realidad la segunda del Ejército Rebelde-, comandada por Che e integrada por unos setenta y pico de compañeros. En julio se creó la Columna 4 y el 2 de agosto tuvimos el primer choque en las Minas de Bueycito. Eran pocos los soldados, pero bien protegidos con sacos de arena. Allí tuvimos un muerto; la guarnición era de trece a diecisiete guardias y tenía Spring-field, Garand y una ametralladora treinta; esa fue nuestra primer arma pesada.

Las operaciones se extendieron por el Confln, El Hombrito, Marverde, La Mesa, o sea, toda la zona asignada por Fidel como área de operaciones. Aunque podíamos salir, ese era el centro de nuestras futuras acciones.

La situación de la columna era dura: sin agua ni comida, con frío, con la lluvia y el fango perenne y dentro de esto, Che riguroso en la distribución del alimento, exigente en sus relaciones con los combatientes y con los “rajados”, con los indisciplinados. En Tucutú tuvimos una escaramuza, con unos doscientos soldados a quienes pusimos emboscadas. Los jefes de escuadra eran viejos combatientes; allí los había nuevos, sin experiencia, sin conocer el manejo del fusil. En las emboscadas tuvimos éxito, apenas les hicimos un muerto y dos heridos, pues no sabían nuestros hombres utilizar el poder de fuego de las armas, lo que permitió a los guardias desplegarse y tirar un cerco. Che ordenó retirada inmediata; Israel y yo cuidábamos un trillo para evitar que el ejército sorprendiera por ahí a nuestros hombres; por esta razón fuimos de los últimos en emprender la retirada y cuando retrocedíamos, vemos a Che solo y el ejército cercando. Esperaba el último para retirarse, le tratamos de convencer de que no había más nadie, pero no hizo caso y nos ordenó irnos. Israel y yo dimos una recurva y lo esperamos. Era costumbre suya ser el último en retirarse, con éxito o no el combate, y aguardaba a que el ejército estuviese próximo, acaso le tiraba o se marchaba simplemente, pero lo hacía para proteger más aún a sus hombres. Después logramos que permitiera a uno de la Comandancia permanecer a su lado.

Hay una cosa que pasó en el combate de Pino del Agua: por el sector donde estaban dos pelotones hubo alguien, no se sabe quién, porque no se ha dicho, o bien se puso nervioso o algo le pasó, que dijo “Retirada”, y la voz corrió por todos los hombres en medio del combate. Y Che sin haber dado tal orden y los hombres en mitad del tiroteo retirándose. Che se paró en lo alto de un firme y comenzó a redistribuir a los hombres, a situarlos, caminando de uno a otro lado, sin protección, bajo todo aquel volumen de fuego; esa actitud suya detuvo a la gente, hicimos algunos muertos y heridos; capturamos armas y destruimos un camión. Realizamos varias caminatas más de reconocimiento, de acondicionamiento del terreno para buscar cómo organizar la zona de El Hombrito; se hizo un horno para pan, sembramos viandas, creamos red de abastecimiento e información y de contactos con la ciudad. Luego vino la zapatería, el hospital, y desde esa base salíamos de operaciones.

Mosquera en la Sierra.

Sánchez Mosquera, uno de los que se metió en la Sierra a perseguir, entró por Marverde y recibimos aviso de su presencia. Llegados a la zona, perdimos el rastro de sus huellas y Che ordenó a Camilo Cienfuegos localizar a Mosquera. Este choque era importante, porque se trataba de garantizar una zona específica de operaciones, evitando que el ejército tuviese ganas de venir allí. La tarea era consolidar nuestro territorio y para ello teníamos que golpear duramente a todo cuanto entrase.
Resultó que Mosquera estaba acampado muy cerca del campamento de Che, en un valle, posición ideal para rodearlo; ordenó Che buscar a Camilo y lo cercamos rápidamente. La posición de ellos a orillas de un río les permitía protegerse, por lo que se estimó debíamos dejarlos desplazarse.

Ellos eran ciento y pico de hombres y nosotros no llegábamos a ochenta.

Cuando esperábamos que se pusieran en formación, vemos aparecer a tres guardias y se piensa que es la vanguardia. Estábamos Rodolfo, Vázquez y yo; él con una Browning y yo con un Garand. El y yo nos ponemos a esperar a que estén bien cerquita para no fallar los plomos, pero Che, que está un poco más adelantado, y al ver que los hombres avanzan y nosotros no tiramos, piensa que algo ha pasado y él abre fuego con su pistola: los tres soldaditos se echaron a correr, pues no eran vanguardia, sino tres que buscaban comida. Ahí mismo se armó el tiroteo, Che me ordenó de una forma muy característica que cogiésemos a los hombres como un reloj, Joel. Eso, en el lenguaje de él, quería decir que debían ser perseguidos hasta el mismísimo campamento si era preciso. Conmigo fueron Rodolfo, Geonel Rodríguez y Ricardo, los soldados se parapetaron tras un árbol y nos esperaron. Apenas si habíamos avanzado unos metros -diez o quince- abrieron fuego y me tumbaron. Como iba más delante de mis compañeros caí en zona de nadie, sin poder recibir ayuda, los compañeros, se parapetaron y empezaron a disparar contra los soldados para protegerme. Che, que oyó cuando vocearon mi caída, “hirieron a Joel”, vino caminando hasta donde yo estaba, me cargó y me sacó de allí. Luego, cuando se capturó a los guardias, ellos dijeron que vieron al Che, lo reconocieron y no pudieron tirarle de tan impresionados como quedaron, al verlo llegar frente a ellos así erguido, de pie.

El era rígido en la disciplina y un ejemplo de ello fue cuando acampamos entre Marverde y Loma del Cojo. Allí distribuí las postas, una pareja por cada dos horas, pero me olvido decirles quiénes eran el relevo y, a la hora de cambio, no encuentran a los hombres y se pasaron cuatro horas de guardia. A la mañana, hicieron el comentario con Che, como una cosa extraordinaria, y él me llama y pregunta; cuando le digo que a mí me parecía que ellos debían conocer el relevo, me contestó: esto es responsabilidad tuya, tú eres el jefe, tú organizaste la guardia y debías garantizar; así pues, para la próxima noche, tienes tres horas aparte de las normales. Hice cinco horas de posta por mi irresponsabilidad. Yo contaba el combate de Marverde, allí mataron a Ciro Redondo, hirieron a Fajardo y a otros más. Aunque esta parte yo no la vi, por estar herido, supe que a los combatientes les quedaban veinte o veinticinco proyectiles, pues Mosquera se parapetó bien y el avance era difícil; además, vino un refuerzo de ellos por la playa. El combate duró todo el día. El refuerzo, de unos setenta y pico, tuvo que ser parado por unos ocho o nueve de nosotros. A la larga, se retiró el cerco y los guardias persiguiéndonos. Les poníamos emboscadas de contención aunque con pocas balas para dar tiempo a la retirada de los heridos y también alejarlos de algunas instalaciones de El Hombrito. Mosquera seguía una táctica: cada vez que lo emboscaban, trataba de rodear a los hombres, mientras un grupo ripostaba. En el último encuentro, porque ellos desistieron de continuar, hirieron a Che porque el se quedó en la emboscada. Fue una situación difícil aquella, pasamos un gran aprieto. Pero por suerte, el ejército sólo llegó hasta allí.

Pocos días más tarde recibimos más proyectiles con el compañero Arístides Guerra; también jugo para los heridos, a quienes nos mandaron para La Mesa, un lugar más intrincado, la casa del campesino Polo Torres.

Mientras nos reponíamos se produjo el combate de Pino del Agua e hirieron a Camilo.

Poco después Fidel, que estaba por la zona oeste del Turquino, envió por Che y se quedó Ramiro Valdés de jefe, que era el segundo de Che.

A él lo volvimos a ver en Minas de Frío, en una especie de escuela de reclutas, porque ya estaba dominada gran parte de la Sierra, y llegaban más combatientes para incorporarse; allí pasaban un entrenamiento antes de ser asignados a alguna escuadra. La prueba principal de aquella escuela era el hambre que se pasaba; además, la aviación tenía localizado el lugar y bombardeaba y ametrallaba constantemente. El cincuenta por ciento de los que entraban, se “rajaban”, no soportaban y se iban.

Cuando me incorporé, con todas las tropas que operaban dispersas en el área de El Jigue, La Plata, Minas de Frío, Las Vegas de Jibacoa, se organizó la resistencia. Che, con los alumnos de la escuela de reclutas, más oficiales veteranos de la Columna 4, organizó la Columna 8 “Ciro Redondo” y con ella participó en el rechazo de la ofensiva, y en la contraofensiva. Ahí se ocuparon grandes cantidades de armas, se capturaron muchos hombres y murieron bastantes enemigos. De ahí salió más fortalecido el Ejército Rebelde.

Antes de continuar, para que se tenga una idea de lo que era la escuela de Minas de Frío, hay que anotar que allí la bombardeaban diariamente. Che, durante esos bombardeos, daba instrucciones.

Se creó un sistema de señales, se situaron observadores y cuando se sentía el sonido de los aviones, se daba la voz de alarma; todos sabían dónde estaba el refugio correspondiente, pero Che daba órdenes e instrucciones “paseando” de uno a otro lado sin refugiarse y pasaba el tiempo, y cuando decidía ir al refugio, él y los que andábamos con él, ya era tarde, estaba andando el ametrallamiento; esto era tan continuado que decidimos construir un refugio cerca de la Comandancia, pero no resultó, porque él seguía sin prestarle mucha atención al escondite. Un día, salimos para el refugio, y al pasar cerca del que habíamos construido nosotros, sucedió que no quiso meterse: No -dijo-, vamos a ir hasta el refugio del personal. No pudimos llegar porque empezó el bombardeo y tuvimos que meternos con un ametrallamiento tremendo en un arroyito, enterrados en el fango. Lo simpático de todo es que cuando regresamos vimos el refugio nuestro, junto a la Comandancia, destruido: una bomba le había caído encima, lo desapareció. Y nosotros que pensábamos que era un capricho del argentino.

Cuando la invasión a Las Villas.

Él habló muy correcto y muy sobrio sobre la misión que se nos encomendaba. Decía que era voluntaria, que no se consideraría una cobardía el no querer ir. Argumentó que tal vez el cincuenta por ciento no pudiera llegar, que el llano no era igual a la Sierra. Luego, dio tiempo para pensar y considerar la decisión. Pidió que la respuesta debía ser individual, y agregó que quienes no deseaban ir, serían trasladados a otras columnas.

La mayoría respondió afirmativamente y salimos, el 30 de agosto de 1958, de El Jíbaro, Sierra Maestra.

De las cosas de la invasión podrían contarse muchas. Todos los días parecían iguales: mosquitos, hambre, fango, agua a la cintura, la gente enferma, cercados y perseguidos. Daba igual que fuera de noche o de día. En Baraguá nos cercaron durante tres días; ellos cerraban más cada vez, traían tropas por ferrocarril. Cuando salimos éramos unos ciento cincuenta; diez se perdieron y se incorporaron a Camilo, así que en ese momento seríamos ciento cuarenta lo menos, porque había algunas bajas.

Todas las noches alguien salía a explorar, salían grupos. Uno de ellos lo dirigía Rogelio Acevedo, y lo hizo tan bien, que nos recuerda la forma que se enseña actualmente en las escuelas militares. El determinó con exactitud la línea enemiga. Estábamos en una laguna, con el mar próximo y el ejército cerrándonos todas las brechas, pero por un lugar se les había pasado situar postas: había un espacio de ciento cincuenta o doscientos metros entre una y otra, y el centro era la laguna. Acevedo pasó, parte nadando, parte a pie, buscando el sector más propicio para irnos. Por el lugar escogido cruzamos todos. Puede que nos sintieran, pero no tiraron. Pasó la vanguardia y se dividió en dos partes, para evitar una sorpresa: Che, lógicamente, fue el último, con el grupito que se quedó.

Esos tres días fueron tremendos. No había un solo rincón seco; no podían colgarse hamacas por estar rodeados y cuando recogíamos hojas y las poníamos para acostarnos, estas se iban hundiendo y al rato ya te daba el agua al hombro. Cuando venían los aviones nadie se movía. ¿Cómo y para dónde, si daba lo mismo? Todos estábamos desbaratados, sin ropa, zapatos, enfermos, con los pies llagados, no obstante, en medio de esa situación, Che leía tranquilamente, o visitaba a los enfermos, dando ánimo. Hubo, incluso, compañeros que se brindaron para romper el cerco a tiros y que los demás escaparan, pero el no aceptó: combatir en semejante situación no era ventajoso.

Todo esto sin apartarse de la misión original: llegar a Las Villas. Incluso, nos dio a comer el total del pan, por si alguno podía llegar con vida; tan difícil era la situación, que ya se palpaba la posibilidad de llegar -a como se pudiera- al objetivo, al Escambray.

Cada uno de nuestros combatientes era un cuadro preparado, cualquiera podía ser jefe de escuadra o de pelotón. Cuando llegaban nuevos hombres al Escambray, siempre lo hacían preguntando por la gente de Che.

De esa forma creció la organización y se nutrieron las filas del Ejército Rebelde.

Después que se logró la unidad de la zona bajo el mando de Che, se dieron varios golpes al ejército de Batista. Ya estábamos en las estribaciones del Escambray y se dominaba el llano durante la noche; incluso, se llegaba hasta los centrales azucareros y a la Carretera Central.

En una ocasión le dijeron que las tropas de Víctor Bordón estaban cercadas y Che se subió en un jeep y se dirigió allá a toda velocidad. A los diez o quince minutos de viaje, encontramos a la tropa de Víctor que regresaba, victoriosa, conduciendo algunos prisioneros. La operación fue un éxito y la información falsa, pero refleja la actitud de él. En todo momento difícil se ponía al frente.

Yo porque lo conocía bien, sabía su forma de actuar ante el peligro.
 
Fuente: Rodríguez, Mariano: Las huellas del Che, Plaza Janes, México, 2002.
 
 
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