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Atisbando la nación desde el mirador villareño.


Un acercamiento al desarrollo de la lucha insurreccional en Las Villas en su periodo de gestación, (1952-1955).

Autora: Disamis Arcia Muñoz

INTRODUCCIÓN

Sin proponérselo, el golpe de estado del 10 de marzo de 1952 removió hasta sus cimientos  a  la nación cubana. Los recuerdos del “septembrismo” y los años siguientes de poder en la sombra de quien ahora protagonizaba esta nueva asonada estaban demasiado frescos en la memoria colectiva, demasiado cercanos en el tiempo. Resultado de la crisis que se gestaba en el país, condicionada en buena parte por el agotamiento del modelo económico “hecho a la medida” de las necesidades e intereses norteamericanos, y la depauperación del proyecto nacional reformista enarbolado por la burguesía, el zarpazo no haría otra cosa que profundizar la ya difícil situación económica y social existente, cuyos efectos trascendían a los sectores y clases sociales subalternas y afectaban a toda una nueva  generación que se sentía desplazada y sin futuro posible.

Los meses posteriores al golpe harían aún más visible el crítico estado en que se encontraba el sistema político cubano, reflejo de las grandes contradicciones que afectaban una sociedad marcada por la dependencia neocolonial. A la inoperancia, el desprestigio y la inviabilidad de los “tradicionales” demócratas, liberales y conservadores, quienes paulatinamente fueron adoptando posiciones que oscilaban entre el apego total al golpismo y la componenda electorera, se sumaron las  profundas contradicciones que ya afloraban en el seno de la ortodoxia -hasta entonces la opción más radical y de mayor impacto en la población-; las debilidades, y continuas escisiones del autenticismo; el aislamiento político del PSP y  su interpretación esquemática de la realidad cubana a la hora de definir su proyección política ante el quiebre de la –endeble-  constitucionalidad. Se hacía evidente que en esas circunstancias no existía ninguna fuerza política que fuera capaz de nuclear e impulsar con éxito el enfrentamiento a la tiranía.

En medio de este panorama, fue precisamente entre los más jóvenes donde comenzó a gestarse el surgimiento de una nueva generación revolucionaria, que  transitaría con relativa rapidez en su proyección política desde una inicial posición de demanda de “regreso al 9 de Marzo”, hasta la consolidación de reclamos más profundos de cambios en todos los aspectos de la vida económica, política y social del país; desarrollándose así durante los siguientes seis años el proceso de lucha insurreccional que no culminaría hasta lograr la victoria el 1ro de enero de 1959.

Los acontecimientos se desarrollaron en medio de un escenario latinoamericano marcado “a sangre y fuego” por la política de guerra fría implementada por los Estados Unidos desde finales de la década de 1940. Guiada por la llamada “contención del comunismo” y la “estrategia al borde de la guerra” como elemento articulador de su política internacional y hemisférica[1], la dinámica de los problemas latinoamericanos –y su expresión en las relaciones interamericanas- se definía entonces a través del tamiz de esta actualizada versión del monroísmo y el panamericanismo[2]. En su nombre, el gobierno norteamericano había ido incidiendo cada vez más en la vida de nuestras sociedades, provocando con esto un paulatino reforzamiento de la dependencia política, económica, tecnológica, financiera y militar de América Latina hacia los EE.UU.

En ese contexto, el triunfo de la Revolución Cubana representó para los Estados Unidos no solo la crisis definitiva del modelo implantado en la isla caribeña desde finales del siglo anterior, sino también el quiebre del sistema hegemónico que se había estado conformando en el continente durante las últimas décadas, así como un reto de trascendencia global en la dinámica de sus relaciones con el mundo socialista. Asimismo, fue el punto culminante de una serie de proyectos progresistas y democráticos que de una u otra manera habían fracasado o habían sido truncados en años anteriores; al mismo tiempo que significaba un impulso significativo para los proyectos emancipatorios en las naciones al sur del río Bravo.

Considerada por muchos como un suceso cardinal para el siglo XX latinoamericano, no es de extrañar entonces que a lo largo de las décadas siguientes continúen siendo numerosos, polémicos y contradictorios los esfuerzos por interpretar, analizar y proponer una explicación de aquel periodo de subversión y rebelión convertido a la luz de los acontecimientos posteriores en antesala de una sociedad diferente. Pero si bien esos años de lucha insurreccional o guerra revolucionaria han llamado poderosamente la atención de historiadores, periodistas e investigadores, en buena parte de estos esfuerzos ha prevalecido una visión simplista[3] que, por un lado, o reduce todo ese complejo proceso sociopolítico a la “guerra de guerrillas”; o se centra  en el relato anecdótico  relacionado con el devenir de sus protagonistas; o bien restringe su  estudio a organizaciones, métodos de lucha o regiones específicas y -por momentos- inter-excluyentes, sin otros vínculos aparentes con las realidades que vivía el país, o sin el diálogo necesario entre las dimensiones nación/región, que podrían brindar una visión mucho más integral del proceso.

En el caso específico de la provincia de Las Villas, excepto algunos esfuerzos basados en un análisis enfocado en el marco geográfico y a menudo sin construir una articulación con el proceso nacional del cual es parte, las disímiles aproximaciones al desarrollo de la lucha insurreccional durante 1952-1959 han estado motivadas en gran medida por  la presencia de Ernesto Che Guevara; ya que, para algunos estudiosos, el enfrentamiento  a la tiranía en esa región del país, solo comienza a ser significativo  a partir de la llegada y posterior devenir de las columnas rebeldes “Antonio Maceo” y “Ciro Redondo”  al mando de Camilo Cienfuegos y el propio Che Guevara. Teniendo en cuenta estas limitaciones y vacíos en la producción historiográfica sobre el periodo; partiendo asimismo del interés por interpretar, en todas sus contradicciones y matices y desde su expresión regional villareña ese proceso socio-político de subversión, asumimos el análisis de la presencia de Ernesto Che Guevara en la lucha insurreccional en Las Villas como parte de un proceso único e ininterrumpido que se inicia a partir de las sacudidas vividas por la sociedad cubana a raíz del golpe de estado del 10 de marzo de 1952.

Las páginas que siguen a continuación son resultado parcial de este esfuerzo y parten de los propósitos de comprender las condiciones socioeconómicas y políticas que influyeron en el inicio de la lucha armada; identificar las distintas alternativas que asumieron esta vía de confrontación; y explicar cómo evolucionan en el marco del desarrollo nacional de la insurrección.    

El mismo  representa apenas el paso inicial dentro de un proyecto más abarcador que se encuentra motivado por la necesidad de analizar la significación de la participación de Ernesto Che Guevara en  la lucha insurreccional en Las Villas; pero resulta imprescindible para comprender, al menos en sus aspectos generales, cómo se fue configurando el escenario insurreccional villareño prácticamente desde los inicios de esta etapa en la historia de la nación.

CUBA, 1952…

En Cuba, la década de 1950 se iniciaba con la certera sospecha de que el modelo económico se encontraba prácticamente en un callejón sin salida. Proyectado e implementado en función del azúcar para satisfacer los intereses y necesidades del mercado norteamericano[4], había llevado al país a un estado de dependencia económica, tecnológica, financiera, y de materias primas. Este tipo de relación había conformado un sistema económico estructuralmente deformado, cuyas características principales giraban en torno a la monoproducción y la monoexportación[5]; lo cual se reflejaba en la presencia de una estructura predominantemente agrícola, atrasada y poco diversificada,  unida a una producción industrial subdesarrollada y dependiente, asumida en su mayoría por industrias aisladas dedicadas al consumo, que a su vez dependían de las materias primas importadas en más del 90 % y debían competir con la calidad y los precios de los productos que desde el país del norte inundaban ese mercado interno[6]. Todo esto venía a reforzar en el imaginario colectivo la “inexorabilidad” de aquella lapidaria frase pronunciada por el hacendado Casanova: Sin azúcar no hay país. 

Pero a inicios de 1950 la industria azucarera estaba estancada. La aparente  bonanza económica promovida por la relativa recuperación que se había experimentado a raíz de la Segunda Guerra Mundial, favorecida en gran medida por la destrucción de la industria remolachera europea, las necesidades propias de la guerra y el éxito subsiguiente de las rondas de negociación de la cuota azucarera durante la presidencia de Ramón Grau San Martín, ocultaba a la opinión pública la real y profunda crisis en que se encontraba. Contrario a lo que pudiera pensarse, los altos niveles de producción alcanzados en las zafras, lejos de significar mayores ingresos, se convertían en la práctica en una pesadilla de superproducción. La dependencia excesiva al mercado norteamericano, muy restringido por  la Ley de Cuotas Azucareras, había puesto al país ante la complicada situación de tener una capacidad de producción muy superior a la de  insertarse en el mercado. A este problema se sumaba además la apremiante necesidad de modernizar la tecnología de los centrales y de los medios de cultivo. No es de extrañar que ya para los años ´50  una gran parte de las inversiones norteamericanas hubieran comenzado a desplazarse[7] hacia otros sectores de la economía, principalmente la minería, el petróleo y la electricidad. Tampoco es de asombrar que luego de haber sido durante la primera mitad del siglo XX el primer receptor de inversiones estadounidenses en América Latina, Cuba hubiera experimentado una contracción en el monto de capital directamente invertido, y fuera desplazado  por Venezuela y Brasil.

 De acuerdo a los reportes del conocido “Informe Truslow”[8], la estructuración de todo el sistema económico en torno a una industria que ya daba claros signos de estancamiento, ponía al país al borde de una crisis de tales magnitudes que solo dejaba dos alternativas posibles: o se trabajaba en función de una mejoría rápida de las relaciones trabajadores-patronos-gobierno y crear así un clima favorable a las inversiones extranjeras  que devinieran en la diversificación de la industria y la agricultura; o el país se vería abocado a un  deterioro económico progresivo que incrementaría la tensión social, haciendo  necesario contar con un “gobierno fuerte” que garantizara  la estabilidad de las inversiones del capital norteamericano, al estilo de los que se habían venido promoviendo en América Latina.[9] 

Estrechamente relacionado con estas dificultades económicas, desde el ámbito social también emergía una situación comprometida: Por entonces la población cubana alcanzaba  unos 5 829 000 habitantes[10] que se insertaban por lo general en una estructura ocupacional desproporcionada, concentrada en el sector agropecuario, principalmente la agroindustria azucarera. La inestabilidad laboral relacionada con las propias características de la zafra, y los requerimientos del monomercado-, tenía una gran incidencia en los altos índices  de desempleo y subempleo que desde años anteriores venían aumentando casi imparablemente. Y que de acuerdo a las publicaciones oficiales llegaba a alcanzar los 361 000, para representar un preocupante 30 % en relación a la población laboralmente activa[11].

A esto se sumaba una gradual e indetenible disminución de los salarios en sentido general, acompañada de la consecuente contracción del mercado interno  y su capacidad de demanda, lo cual, sumado al continuo torpedeo por parte del “Tío Sam” que mantenía como socios menores a la burguesía nacional y cerraba el paso a los proyectos cubanos de desarrollo autónomo, daban al traste con las ilusiones de “progreso” de la pequeña y mediana burguesía, y provocaba una aceleración de los procesos de disgregación de estos sectores y de movilidad clasista dentro de la sociedad.[12]

A la par, desde finales de la década del ´30 Cuba asistía un proceso de reformulación de la hegemonía[13] dentro de las clases dominantes, el cual, en contradicción con las características y naturaleza del modo de explotación económica, había traído como resultados visibles ya en los ´50 un fortalecimiento de la autoidentidad nacional; la exacerbación y generalización del nacionalismo; así como la resultante de un Estado más representativo de los consensos de la nación que aparentemente brindaba más espacios a los ideales radicales y acentuaba la tendencia a la organización de la sociedad civil. Esto último se había visto expresado en el incremento del tejido social de sindicatos, federaciones, asociaciones de vecinos, gremios de colonos, colegios profesionales, etc. Todo lo cual, como se anotaba anteriormente, promovía la ilusión de la participación efectiva en la política cubana, pues en la práctica esas ideas radicales –formuladas en la Constitución de 1940, una de las más avanzadas del mundo por aquel entonces- para concretarse dependían de profundas transformaciones estructurales que por entonces eran imposibles; mientras los esfuerzos de aquella robusta sociedad civil se diluían y difuminaban en alcanzar objetivos restringidos y de poco alcance.

Las contradicciones generadas alrededor de estos problemas no afectaban solamente a las clases subalternas. Al interior de las llamadas clases dominantes también tenían lugar tensiones que amenazaban con no encontrar solución. Entre los sectores de la burguesía azucarera y la no azucarera, y entre ésta última y el capital norteamericano se debatían temas cruciales relacionados con la opción de un modelo que apuntara hacia el desarrollo nacional o a permanecer en función del mercado extranjero. 

Todas estas tensiones subyacían en la crisis política presente a principios de la década de 1950, marcada por las fuertes pugnas al interior del llamado reformismo burgués. 

Tras dos periodos de gestión presidencial[14], inicialmente portador de un programa nacional-reformista de amplio apoyo popular –heredero de las conmociones gestadas al interior del sistema político cubano como resultado de la Revolución del 30-, el autenticismo llegaba a este escenario desgastado y desprestigiado luego de años de desgobierno, corrupción y gansterismo. Debilitado en sus filas luego de la escisión que en mayo de 1947 había devenido en la creación del Partido del Pueblo Cubano (ortodoxo) bajo el liderazgo de Eduardo Chibás, vivía a principios de 1951 una nueva división representada por la polarización de su dirigencia partidista entre grausistas (nucleaba a las fuerzas conservadoras) y priístas (donde pugnaban a su vez dos tendencias, una conservadora y otra reformista).

Por su parte la ortodoxia, bajo la égida de su carismático fundador[15] y un programa político de corte populista que abogaba por la independencia económica y la industrialización, e incluía reivindicaciones democráticas y de justicia social, había transitado rápidamente desde su fundación hasta convertirse en la organización política de mayor fuerza, arraigo popular y mayores posibilidades de triunfo en las elecciones de junio de 1952. Pero en medio de la estrategia hemisférica de contención del movimiento popular desplegada por los Estados Unidos hacia América Latina, la posible radicalización que podría experimentar esta fuerza política bajo la presión de las masas populares, constituía una seria amenaza. 

Así, el golpe de estado que sorprende al país el 10 de marzo de 1952, protagonizado por Fulgencio Batista y con la anuencia del gobierno de los Estados Unidos[16], lejos de evitar  “un autogolpe de Carlos Prío”[17] –pretexto utilizado por los militares ante la opinión pública de la nación-, en la práctica significó una salida para “solucionar” la incapacidad de los auténticos de mantener la estabilidad del país, y sobre todo, para impedir la llegada a la presidencia del candidato de la ortodoxia.

El cuartelazo frustró el proyecto nacional-reformista ortodoxo. Lejos de atenuar la crisis no hizo otra cosa que empeorarla, tanto por lo que significó en sí mismo en tanto acto de violación de la institucionalidad y ruptura de la sociedad política y civil, como por las desastrosas medidas económicas aplicadas con posterioridad.

Sin embargo, la indiferencia popular fue el signo a lo largo del país. Aunque en los momentos inmediatamente posteriores al golpe algunos sectores del pueblo salían a la calle con ánimos de protestar, de oponerse, “de hacer algo”, lo cierto es que no hubo una resistencia organizada entre los partidos de la oposición y solo en algunos sectores minoritarios surgieron voces denunciando la ilegalidad de la acción. Entre estas últimas trascendieron rápidamente las protestas estudiantiles, en especial las protagonizadas por los universitarios con la FEU como vanguardia de las acciones de denuncia y disposición de defender el gobierno de Carlos Prío Socarrás; asimismo, tuvo amplia repercusión el recurso de inconstitucionalidad presentado por el joven abogado ortodoxo Fidel Castro Ruz ante los tribunales de la capital; y se dieron a conocer –con menos impacto- las declaraciones condenatorias del Partido Socialista Popular en su órgano de prensa Hoy.

La compleja situación puso al descubierto el desprestigio de los políticos tradicionales: Poco a poco liberales, demócratas y republicanos fueron adoptando posiciones que oscilaban entre el apego y apoyo total al golpismo –tal es el caso del Partido Republicano, aliado a Batista desde el propio mes de marzo de 1952- y la búsqueda de un diálogo encaminado a lograr un acuerdo para celebrar unas elecciones comprometidas de antemano.

Además, mostró en todas sus contradicciones la incapacidad de las fuerzas y líderes dentro del llamado reformismo burgués para vertebrar una resistencia seria:

El PRC (auténtico)  se vio abocado a una serie de continuas fragmentaciones que lo irían debilitando y desgastando. De allí surgirían varias tendencias diferenciadas por su proyección ante el golpismo. Una parte de su dirigencia –congregada alrededor del ex presidente Ramón Grau San Martín[18]- se “adaptaría” a la nueva situación; otro grupo se nuclearía en la Acción Armada Auténtica (Triple A[19]), cuya figura principal era Aureliano Sánchez Arango; mientras un tercero lo hacía a través de la Organización Auténtica (OA) compuesta por los seguidores del depuesto presidente Carlos Prío Socarrás, y dirigidos por Manuel Antonio -Tony- Varona.[20] 

También se puso de manifiesto la inoperancia e inconsecuencia de la dirigencia ortodoxa, que fue transitando rápidamente desde posiciones de colérica repulsa hasta alternativas politiqueras. Si bien poco después del zarpazo su encendido “Manifiesto de la Ortodoxia al pueblo de Cuba” denunciaba las acciones de Batista y demandaba el regreso a la constitucionalidad, y «declara[ba] su más firme y resuelto propósito de combatir, por todos los medios a su alcance»[21],  pocos meses después Roberto Agramonte, líder del partido, en declaraciones a Información, mostraba una proyección diferente: « periodista: Y en ese caso, ¿cuál será la actitud de su partido?, Agramonte: Seguiremos manteniendo una resistencia política y cívica a la situación; periodista: Doctor, no se comprende bien eso de la «resistencia política y cívica», ¿Usted podría decirme el significado y alcance de esa frase? -el periodista concluye escribiendo-: «a esta última pregunta sucede un silencio acompañado de una leve sonrisa del Dr. Agramonte…».[22]   

En este proceso de “transición”, algunos decidieron concurrir a las elecciones de 1954 – encabezados por Federico Fico Fernández de Casas-; otros, dirigidos por el propio Roberto Agramonte  y Raúl Chibás, se pronunciaban por el “abstencionismo”; mientras un tercer grupo conducido por Emilio Millo Ochoa y José Pardo Llada firmaban con los auténticos representados por Carlos Prío, Carlos Hevia y Antonio Tony Varona un acuerdo de unidad insurreccionalista contra Batista a través del llamado “Pacto de Montreal”.[23]

No es de extrañar que, ante este evidente disloque de la vida política cubana, y en rápida conexión con las tradiciones combativas que caracterizaron al siglo XIX cubano, la alternativa de la lucha armada surgiera precisamente dentro de aquellos sectores minoritarios que desde el propio 10 de Marzo se habían declarado contrarios al golpe de estado.

Ante las proyecciones políticas de sus principales dirigentes, en los meses siguientes al cuartelazo comenzarían a emerger dentro del sector juvenil de la ortodoxia otras alternativas que se desmarcan con relativa rapidez de las posiciones públicas de su dirigencia, entre las cuales emergería la opción por la lucha armada como vía de solución a la violencia ejercida por las fuerzas que apoyaban a Batista.

Apenas transcurridos unos meses, el 16 de agosto de 1952 el editorial publicado por el periódico Acusador en el aniversario de la muerte de Eduardo Chibás hacía patente la radicalidad de la opción con la cual se identificaría un grupo importante de la juventud ortodoxa: «… quien tenga un concepto tradicional de la política podrá sentirse pesimista ante este cuadro de verdades. Para los que tengan en cambio, fe ciega en las masas, para lo que creen en la fuerza irreductible de las grandes ideas, no será motivo de aflojamiento y desaliento la indecisión de los líderes, porque esos vacíos son ocupados bien pronto por los hombres enteros que salen de las filas […] El momento es revolucionario y no político. A un partido revolucionario debe corresponder una dirigencia revolucionaria joven y de origen popular que salve a Cuba.»[24]  

Surgía así entre sus miembros, una nueva –y diferente- organización liderada y compuesta en su mayoría por jóvenes; impulsada y dirigida por Fidel Castro Ruz.  El Movimiento, en correspondencia con su propósito insurreccionalista, se caracterizó en su funcionamiento por su naturaleza secreta y estructura celular, construida sobre la base de grupos que se vinculaban solamente a través de sus jefes en el cumplimiento de tareas que se desarrollaban a través de dos comités, uno militar y otro civil, en un marco de intensa actividad que estuvo concentrado en la antigua provincia de La Habana[25], aunque sus miembros provenían de diferentes lugares del país.

Luego de meses de organización y preparación en el más puro secreto, la mañana del 26 de Julio de 1953 irrumpió a modo de avalancha en la vida social y política de la nación cubana. Poco a poco, en secreto y a través de los rumores en los primeros momentos, a voces luego, la impresionante noticia de que un grupo de jóvenes había intentado tomar por asalto el Cuartel Guillermón Moncada en la ciudad de Santiago de Cuba despertaría el interés de grandes sectores populares, y martillaría las conciencias individuales de muchos.

El plan insurreccional buscaba, a través de la acción armada contra dos de los más importantes centros militares del país –“Guillermón Moncada” en Santiago de Cuba y “Carlos Manuel de Céspedes” en Bayamo-, apoderarse de armas y pertrechos que serían entregados a los pobladores de estas ciudades y pondría prácticamente en pie de guerra a la provincia de Oriente; inmediatamente, se lanzaría un llamamiento al país que comprendería un programa de medidas radicales que funcionarían como el desencadenante de la rebelión nacional. Contrario que lo que pudiera pensarse, no se trataba de hacer la revolución sin la participación de las masas, sino más bien de obtener los medios necesarios para armarlas y dirigirlas[26].   

A pesar del fracaso desde el punto de vista militar, esta acción se convirtió rápidamente en una conexión directa con las tradiciones de lucha arraigadas en el imaginario popular y los ideales y proyectos revolucionarios frustrados desde finales del siglo XIX; hizo emerger el liderazgo político de Fidel y propició la inserción en la vida política del país de un nuevo grupo revolucionario. Los moncadistas, como darían en llamarse desde entonces a sus protagonistas, emergerían como la vanguardia política inicial del nuevo periodo de lucha y la propia acción sintetizaba en sí misma una ruptura total con las estructuras, normas y modos de hacer política, imperantes hasta entonces. Como anotara Che Guevara años después en Bolivia, el 26 de Julio quedaría marcado como el día de la rebelión contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios.  

En el orden práctico, el asalto al Moncada significó para el Movimiento su emergencia en la escena pública, y un cambio tanto en los escenarios como las acciones a desarrollar. Con los moncadistas presos en Isla de Pinos era imprescindible transformar la forma de aglutinar y organizar las fuerzas. Comenzaba una nueva etapa que estaría signada ahora por la “batalla ideológica”, la necesidad de dar a conocer en toda Cuba el por qué del Moncada, los objetivos del Movimiento, el programa político sobre el cual se sustentaba su praxis revolucionaria. La tarea esencial pasó a ser la impresión y distribución clandestina en todas las provincias del país del programa político del movimiento, sintetizado en La Historia me Absolverá. Elaborado por Fidel en prisión, constituye la expresión mas acabada del pensamiento revolucionario de aquel grupo insurreccional; en evolución, pero consistente en su denuncia del régimen, en sus análisis de la sociedad cubana y en las soluciones que propone a través de las leyes proyectadas, con marcados objetivos de beneficio popular y estrechamente ligados a las necesidades y urgencias cotidianas de los sectores más desfavorecidos de la población cubana.

Todo esto mientras de manera simultánea, ante la necesidad de dotar a la organización de un carácter nacional y de involucrar en la lucha contra Batista cada vez a mayores sectores de la sociedad, comenzaba a enfatizarse en la creación de estructuras –definidas por el momento sólo en sus rasgos generales y sus funciones fundamentales- en todas las provincias del país.[27]

Dentro del complejo entramado de relaciones sociales y políticas que conformaban la sociedad cubana de la época, en un proceso paralelo en el cual a veces confluían y se distanciaban uno de otro los caminos o alternativas enfrentadas a la tiranía batistiana,  aquella reacción en cierta medida espontánea de los estudiantes universitarios y –en menor medida- de Segunda Enseñanza al conocer del cuartelazo el 10 de marzo de 1952, comenzó a tomar forma en los días posteriores y fue convirtiéndose en un heterogéneo y amplio movimiento de protestas que asumió desde los ámbitos universitarios y estudiantiles la condena pública y cívica a la tiranía de Fulgencio Batista. Con una influencia inicialmente focalizada en las ciudades de La Habana y Santiago de Cuba, llegó a alcanzar una repercusión tan extendida geográficamente que vinculó en sus acciones a estudiantes de los diferentes centros educacionales del país.

Durante el periodo de 1952-1953 los estudiantes mantuvieron desde los espacios cívicos y estudiantiles las acciones de condena al régimen a través de protestas, declaraciones públicas y manifestaciones, entre las cuales sobresalen las jornadas de Jura de la Constitución (abril-junio de 1952), los actos en homenaje a los Estudiantes de Medicina el 27 de noviembre o la participación en múltiples actividades en homenaje al Centenario de José Martí.

Este heterogéneo conglomerado de jóvenes conectados por el objetivo común de repudiar a la tiranía, pero disímiles en cuanto a sus proyecciones políticas, transitaría por un proceso de radicalización relativamente rápido desde las iniciales demandas de retorno a la constitucionalidad hasta reclamos mucho más profundos. Ya para 1954, pasados los estremecedores sucesos del 26 de Julio y como resultado de fuertes tensiones hacia el interior de este amplio movimiento, se haría visible la consolidación de dos núcleos significativos, materializados a partir de la asunción de José Antonio Echeverría como presidente de la FEU en la Universidad de La Habana, y la creación en Santiago de Cuba de la Acción Nacionalista Revolucionaria liderada por Frank País.

Bajo el liderazgo del carismático líder santiaguero, el proceso de desarrollo ideológico del núcleo oriental en su opción por la lucha insurreccional transitaría primero por la vinculación con el MNR[28] y culminaría con la plena incorporación de sus miembros a las filas del Movimiento Revolucionario 26 de Julio en agosto de 1955. Por su parte, el camino asumido por  los estudiantes identificados con las ideas insurreccionalistas enarboladas por José Antonio Echeverría, los llevaría a la creación[29] del Directorio Revolucionario[30], cuya proyección revolucionaria estaría marcada hasta marzo de 1957 por la asunción de la lucha urbana – exclusivamente en la capital- como escenario fundamental; así como por la táctica de “tirar arriba, descabezar al régimen” como línea principal de combate.

Expresión de otra línea de desarrollo en el enfrentamiento a la tiranía, cuyo vínculo fundamental en este caso era con la tradición de la Revolución del 30 y el proyecto que quedara trunco desde entonces, una de las organizaciones que surge casi inmediatamente después del golpe fue el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR). Creado el 20 de mayo de 1952 por el profesor universitario Rafael García Bárcenas, antiguo miembro del Directorio Estudiantil Universitario (DEU), se planteaba solucionar la situación creada por la sedición militar batistiana, enfrentándole una conspiración que incluyera a universitarios y militares en activo. Asumía como ámbito de influencia a la Universidad de La Habana y los círculos militares con los cuales estaba familiarizado García Bárcenas debido a su trabajo como profesor de la Escuela Superior de Guerra. 

Mientras García Bárcenas confiaba casi exclusivamente en la conspiración de los militares y concentraba sus esfuerzos en la capital, cuadros jóvenes del movimiento -Faustino Pérez y Armando Hart- desplegaban esfuerzos encaminados a crear estructuras del MNR en las provincias del país, haciendo énfasis especial en las actividades de propaganda y agitación revolucionaria en contra de la tiranía.[31]

Como resultado de las actividades conspirativas, el 5 de abril de 1953 habría de protagonizarse el primer intento insurreccional que tuvo lugar tras el golpe de estado de Marzo de 1952. Dicha acción sería conocida como la Conspiración del Domingo de Resurrección, y a la postre se frustraría debido a una gran redada policial. En ella caería -entre otros- el propio Rafael García Bárcenas. Meses después, a su salida de prisión, tuvo lugar una reunión de la dirección nacional de ese movimiento. Allí,  ante el planteamiento de la necesidad de promover un amplio movimiento armado y huelga general contra el régimen, realizado por el sector más radical dentro del grupo, y la negativa del profesor universitario, se puso en evidencia que la militancia había trascendido la radicalidad de su máximo dirigente, quien continuaba apegado a la fórmula de la conspiración militar.

A partir de este momento Armando Hart comenzaría a establecer contactos con Haydeé Santamaría y Melba Hernández, pues estaba convencido de que «la unidad de las fuerzas del MNR, los moncadistas y los estudiantes podrían constituir una base importante para el desarrollo de la Revolución»[32]…El MNR estaba a punto de desaparecer.

De esta forma, luego de la amplia movilización popular a favor de la amnistía de los presos políticos, el 15 de mayo de 1955 salen de prisión los moncadistas. Poco tiempo después, el 12 de junio de ese mismo año se crea oficialmente el Movimiento Revolucionario 26 de Julio. En la reunión estaban presentes, entre otros, dos jóvenes incorporados del MNR: Faustino Pérez y Armando Hart, y junto con ellos una gran parte de sus miembros.

Fidel saldría hacia México el 7 de julio de 1955 a continuar los preparativos de la insurrección armada contra la tiranía.  Antes, había desarrollado una intensa actividad relacionada con la articulación, organización y funcionamiento del Movimiento 26 de Julio en todo el país. Los primeros resultados de estas acciones comenzarían a materializarse en los siguientes meses, con la creación en las seis provincias del país de estructuras provinciales del MR-26-7 que respondían a una forma de organización caracterizada por  la existencia de una Dirección provincial –con un relativo estilo de discusión y decisión colectivas-, direcciones municipales –que fueron ampliándose hasta abarcar la mayor parte de los municipios existentes- y frentes específicos de trabajo que irían adquiriendo mayor articulación con el paso del tiempo.

LAS VILLAS, 1952…

Considerada como la tercera provincia en importancia para la vida económica y social de la nación, la antigua provincia de Las Villas no estuvo exenta de la crisis económica, política y social agravada a raíz del golpe de estado protagonizado por Fulgencio Batista. Tampoco estuvo  desligada de las disímiles reacciones que este quiebre de la constitucionalidad tuvo para toda la nación.

En cierta forma similar a lo sucedido en ciudades como La Habana y Santiago, en Santa Clara – cabecera provincial y espacio fundamental en la socialidad de los villareños- la reacción inmediata al golpe solo tuvo lugar entre algunos sectores minoritarios, en su mayoría estudiantes, o miembros de la ortodoxia que veían en el cuartelazo la frustración de su proyecto político. El propio 10 de Marzo la ciudad, y la provincia estuvieron controladas por fuerzas fieles a Fulgencio Batista y antes de que cayera el día las pocas expresiones de protestas que tuvieron lugar en el parque Vidal y en otros lugares menos céntricos habían sido, en la práctica, anuladas.     

A partir de este momento, estrechamente vinculado con el desarrollo de la oposición a Batista en la nación, las fuerzas populares en la provincia villareña fueron encontrando o construyendo diversos caminos que, tomando como punto de partida común el repudio a la tiranía, desde posiciones ideológicas y tácticas diferentes, fueron evolucionando  hasta confluir. 

Luego del paralizante shock que para muchos significó la noticia del golpe, serían precisamente los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara y de la Escuela de Comercio quienes alcanzarían a realizar una acción relativamente coherente de manifestación en contra del gobierno de facto de Batista. Guiados en gran medida por la espontaneidad, y por algunos de sus líderes estudiantiles –entre ellos sobresale Osvaldo Herrera-, su primera reacción fue buscar al alcalde de la ciudad –Juan Artiles López- para apoyar la legitimidad de su mandato, interrumpir las clases y provocar el cierre del centro educacional.

Comenzaría así entre los estudiantes un proceso de evolución que estaría muy marcado por el desarrollo del movimiento estudiantil a nivel nacional -en particular con los estudiantes de la Universidad de La Habana-, así como por los liderazgos regionales que fueron emergiendo al calor del enfrentamiento a la tiranía.

En concordancia con las vías asumidas por el movimiento en el país, en estos primeros momentos la acción de los estudiantes en Santa Clara se desenvolvió casi exclusivamente desde los ámbitos académicos, empleando las manifestaciones  cívicas, la distribución de volantes y las denuncias a través de la prensa local.

El grupo más radicalizado, nucleado alrededor de Osvaldo Herrera en el Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara (ISC), se dedicó  a alcanzar el control de las asociaciones cívicas estudiantiles para desde allí, encauzar las expresiones de protestas, aprovechando las fechas patrias o de significación cívica como espacios para promover un estado de opinión pública contrario al régimen. Además de emplear con cierta frecuencia los recursos de provocar las suspensiones de clase, el sabotaje a las asambleas u otros actos preparados por las autoridades educacionales –que en este caso representaban al gobierno de facto-, las acciones de mayor repercusión fueron las manifestaciones efectuadas en fechas trascendentales para la historia del país como el 28 de enero, 24 de febrero, 20 de mayo y 27 de noviembre, aprovechando las celebraciones oficiales para subvertirlas y convertirlas en escenario de protesta política contra el régimen.[33] 

A diferencia de La Habana y Santiago de Cuba, en la recién creada Universidad Central “Marta Abreu” de Las Villas no llegó a consolidarse un movimiento de protesta contra el régimen. Algunas razones de esa inactividad podrían encontrarse en el poco tiempo de creado de dicho centro académico, una de cuyas implicaciones sería también la debilidad de las organizaciones que allí representaban los intereses docentes de los estudiantes; así como en las medidas tomadas por el claustro de profesores –que incluían la expulsión de elementos “revoltosos y conflictivos”- para evitar la consolidación de la organización estudiantil en dicha universidad[34].

En la práctica, fueron precisamente  los estudiantes del Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara (ISC) y de la Escuela de Comercio, entre los centros educacionales villareños correspondientes a la enseñanza media y técnica, quienes se convirtieron en el hilo conector del movimiento de protestas estudiantiles a nivel nacional con la provincia villareña. Expresión de los nexos establecidos entre estas dimensiones lo constituyen, entre otros,  la participación de dirigentes villareños en el «Congreso Martiano en Defensa de los Derechos de la Juventud», celebrado en La Habana en los días 26-28 de enero de 1953, y  cuyo punto de culminación fuera la realización de la impactante Marcha de las Antorchas, reeditada –con menor repercusión- en Santa Clara al día siguiente; así como la incorporación casi total de los centros educacionales de la provincia a la suspensión de clases acordada nacionalmente en repudio a los hechos que culminaron con la muerte del estudiante Rubén Batista Rubio  el 13 de febrero de ese mismo año.

Es necesario destacar, por su significación en el proceso de consolidación de este movimiento estudiantil, la celebración en mayo de 1954 del Congreso de Estudiantes Secundarios, impulsado por la FEU –ya por entonces radicalizada- y su líder José Antonio Echeverría. Este evento sellaría la identificación y consolidación de los nexos entre los estudiantes secundarios y universitarios de todo el país en su compromiso de «encadenar acciones de todos los sectores estudiantiles contra la tiranía»[35], como manifiesta la declaración final dada a conocer por sus participantes.

Alrededor de 1954, principios de 1955, las acciones desplegadas por este sector en proceso de radicalización trascienden el ámbito puramente estudiantil para expresarse además en la creación de alternativas propias. Es el momento del surgimiento de pequeñas y efímeras organizaciones autónomas como el Águila Negra, integrada en su mayoría  por estudiantes de la Escuela de Comercio que coincidían diariamente en el parque de La Pastora, entre ellos Armando Choy y Hornedo Rodríguez;  la Joven Patria[36]; o Acción Cívica Constitucional, compuesta –en su mayoría- por alumnos del ISC  como Osvaldo Herrera, Ramón Pando Ferrer, Rodolfo de las Casas, quienes se reunían bajo el liderazgo de Quintín Pino. Esto no significaba la existencia de un programa de lucha definido, pero era expresión del grado de maduración que iban alcanzando en sus reclamos y decisión de actuar.

A partir del surgimiento de estas agrupaciones y de su paulatina inter-vinculación más allá del espacio estudiantil, comenzaría a emerger el antiguo estudiante de Derecho Quintín Pino Machado como líder en torno al cual se van identificando en su mayoría estos muchachos. Con él contactaría el estudiante de Medicina Guillermo Rodríguez del Pozo, estrechamente vinculado a las actividades del MNR en la provincia, y con posterioridad incorporado al entonces recién creado MR-26-7. Guillermito, quien pocos días antes había recibido instrucciones de Fidel relacionadas con la creación del Movimiento en la región central, le propondría a Pino Machado su incorporación a la nueva organización encabezada por el líder de los asaltantes al Cuartel Moncada… junto con él se integrarían estos grupos de estudiantes.  

En un proceso paralelo dentro de este desarrollo de las alternativas que tanto a nivel nacional como provincial se planteaban la oposición a Batista, se ubica la fundación del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), fruto de la labor desplegada desde la capital por los jóvenes profesionales Armando Hart y Faustino Pérez.

En el caso de Las Villas, el hilo conector sería Guillermo Rodríguez del Pozo, estudiante santaclareño de cuarto año de Medicina. Sus relaciones a través de la Universidad de La Habana  con la dirección Nacional del MNR, unidos a sus constantes viajes a la provincia le hacían la persona indicada para contactar con otras personas en Santa Clara y comenzar a integrar las estructuras emenerreístas no solo en la cabecera provincial, sino también en otros municipios de la central región. Entre los nombres que le recomiendan aparece el del médico ortodoxo Allán Rosell. Entre los dos se dedican a recorrer la provincia, logran contactar a varios miembros de la ortodoxia con los cuales aseguran de cierta manera la presencia de esa organización en alrededor de 14 municipios: Sagua la Grande, Quemado de Güines, Encrucijada y el Salto, Caibarién, Sancti Spíritus, Cabaiguán, Placetas, Cienfuegos, Lajas, Cruces, Palmira, Rodas, San Fernando de Camarones y Santo Domingo.[37]

Mientras este trabajo avanzaba a nivel regional, las tensiones hacia el interior del MNR entre su máximo dirigente y el sector más radical habían resultado en un acercamiento de estos últimos al grupo de asaltantes al cuartel Moncada en un camino que transitaría hacia la incorporación de casi todos en el nuevo Movimiento Revolucionario 26 de Julio (MR-26-7). Como parte de la labor de formación de grupos pertenecientes a esta organización,  en Las Villas se utilizaron las relaciones ya establecidas a través de los antiguos miembros del MNR, Guillermo Rodríguez del Pozo y Allán Rosell –coordinador provincial de dicho movimiento que había integrado además su dirección nacional. En un encuentro efectuado entre Fidel Castro y estos dos revolucionarios  poco antes de su salida hacia México, se decide finalmente que Gustavo Arcos –asaltante al Moncada con fuertes nexos personales en Caibarién-, con la colaboración del propio Guillermito comenzaran a organizar el M-26-7 en Las Villas, tomando como punto de partida y esqueleto inicial aquellas relaciones, contactos y estructuras que de cierta forma ya funcionaban como resultado del trabajo fundador del MNR.   

El contacto se extendió también a miembros de otros grupos opositores antibatistianos como Carlos Martínez –provenía del Pacto de Montreal[38]-, así como a militantes de la ortodoxia no relacionados con las distintas tendencias que habían surgido de las tensiones hacia el interior de esa organización.

De esta forma, los grupos estudiantiles, radicalizados y aglutinados en torno a Quintín Pino; la antigua estructura del MNR incorporada ahora al M-26-7 por la presión de su ala más radical; y elementos insurreccionalistas desgajados del Pacto de Montreal, las principales alternativas que emergieron en la provincia a raíz del golpe de estado del 10 de marzo, confluirían a mediados de julio de 1955 en la creación de la Dirección Provincial del MR-26-7 en Las Villas.

El 15 de ese mes, en una casa del reparto La Vigía en Santa Clara, se reunían Gustavo Arcos, Guillermo Rodríguez del Pozo, Quintín Pino Machado, Ignacio Guerra, Carlos Martínez, Osvaldo Rodríguez y Ángel Pared. A partir de este momento, el enfrentamiento a Batista en la región adquiriría nuevo sentido y más organización.

En los meses siguientes, aún antes de que maduraran los preparativos que desembocaran en el desembarco de la expedición del Granma y el levantamiento de la ciudad de Santiago de Cuba el 30 de noviembre de 1956, la organización villareña experimentaría cambios que irían promoviendo una paulatina articulación de su accionar en la región. Gustavo Arcos, asaltante al Moncada y oriundo de Caibarién, se mantendría al frente de la Coordinación Provincial del Movimiento hasta su salida hacia México posiblemente en marzo de 1956. Santiago Riera, farmacéutico, ortodoxo, quien había contactado directamente a Fidel en México, a su regreso de ese viaje en septiembre de 1955 se incorporaría a la Dirección del Movimiento villareño como un miembro sin responsabilidades definidas[39], y a raíz de la partida de Arcos pasaría a sustituirlo como Coordinador Provincial.

Siguiendo una distribución geográfica de la provincia –heredada del MNR- compuesta por cinco grandes zonas: Santa Clara, Cienfuegos, Remedios, Sagua la Grande, Sancti Spíritus, la distribución de las funciones y tareas mantendría durante todo el año de 1955 un estilo de trabajo basado –de cierta manera- en el principio de la discusión y decisión colectivas. Mientras se mantenía una composición del núcleo provincial caracterizado por la existencia de frentes de trabajo específicos  bajo la responsabilidad concreta de algunos de los miembros de la Dirección Provincial –tal es el caso de las Brigadas Juveniles liderada por Quintín Pino Machado, Propaganda a cargo de Reynaldo González, y Finanzas con Ignacio Guerra-, fortalecida por el trabajo de varios de los integrantes de la misma que se mantenían sin área específica.

 

ALGUNAS CONSIDERACIONES FINALES

Todos los caminos conducen a Roma… En el caso de Las Villas, durante el momento de gestación y conformación primario del escenario insurreccional, todos los caminos condujeron a la creación del Mr-26-7. A diferencia de lo sucedido en la capital del país, donde como resultado de la compleja situación económica, política y social agravada por el  10 de Marzo, surgieron organizaciones como el Directorio Revolucionario; en Las Villas el M-26-7 se nutrió de las diferentes alternativas revolucionarias que  fueron surgiendo en distintos momentos, a veces simultáneamente y cuya evolución tuvo como punto culminante su integración al movimiento dirigido por Fidel Castro Ruz. Esta organización tuvo la capacidad de aglutinar en torno a su programa político y a su plan de lucha armada a los sectores más progresistas de la población villareña.

En medio del contexto nacional, el surgimiento en la provincia del M-26-7 representó además el tránsito hacia un nivel superior de consolidación y estructuración de esos esfuerzos, materializados en la creación de una organización de alcance nacional para desarrollar la lucha, con objetivos y programa político relativamente definidos y concretos, cuyo accionar regional comenzó a tener resultados visibles en los meses siguientes.        

Aquí se encuentran algunas de las claves esenciales que contribuyen a comprender cómo llega a convertirse el M-26-7 durante 1956 y hasta finales de 1957 en la organización revolucionaria de mayor impacto y presencia en la región.

 

BIBLIOGRAFÍA:

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  7. Rodríguez Rodríguez, Áurea Verónica: “Análisis de la situación económico-social durante la dictadura batistiana. 1952-1958”,  en Revista Cinco Palmas, Oficina de Historia del Consejo de Estado, Año 2, no. 1, mayo de 2009, pp. 18-35.
  8. Sánchez Otero, Germán: “El Moncada: asalto al futuro”, en Revista Pensamiento Crítico, Nº 31, agosto 1969, pp. 99-129.
  9. Silva León, Arnaldo: “La crisis política en Cuba en la década del 50”, en Revista Cinco Palmas, Oficina de Historia del Consejo de Estado, Año 2, no. 1, mayo de 2009, pp. 11-17.
  10. Solar Cabrales, Frank Josué: “El Directorio, revolucionario de su tiempo”, En: 1959: Rebelión contra las dictaduras y los dogmas revolucionarios, Ruth Cuadernos de Pensamiento Crítico, No.1/2009. 

 




[1] Luis Maira Aguirre: «Las relaciones entre América Latina y Estados Unidos: balance y perspectivas»,

Buenos Aires, julio 2006, p. 3.

[2] Jorge Hernández Martínez: «Gato por liebre: la hegemonía en las relaciones históricas entre los Estados Unidos y América Latina», en Revista Contexto Latinoamericano. Revista de análisis político, no. 3, abril-junio de 2007, Ocean Sur, [s/l].

[3] José Bell Lara: “Fase insurreccional de la Revolución cubana”, p. 1.

[4] Más que un agente externo que ejerciera presión sobre el modelo económico cubano, el capital imperialista norteamericano fue esencial elemento constitutivo del sistema de dominación y explotación, implantado en Cuba desde principios del siglo XX. Esto es necesario entenderlo para comprender por qué luego, dentro de los programas políticos de las organizaciones oposicionistas más radicales la dependencia hacia el capital norteamericano estaba entre los más importantes problemas a resolver. 

[5] La dependencia al mercado estadounidense era tal que el 70 % de toda la producción azucarera era receptado por éste, y este renglón representaba más del 80% de los rubros exportables del país.

[6] Son conocidos los análisis y reflexiones desarrolladas en torno al tema por intelectuales de la época, como es el caso de los trabajos realizados por Julio Le Riverend (Historia de la nación cubana, 1952), Oscar Pino Santos (en los numerosos artículos periodísticos publicados en la influyente revista Carteles), Raúl Cepero Bonilla (Política azucarera. 1952-1958, 1958) o Jacinto Torras (desde sus publicaciones en el periódico Hoy) por solo mencionar algunos de los más representativos.

[7] Siguiendo la lógica del investigador Arnaldo Silva cuando compara las propiedades norteamericanas  y cubanas sobre la industria azucarera, llama la atención cómo en 1939 la cantidad de centrales en manos cubanas ascendían a 56, y los norteamericanos a 66; pero esta correlación cambia cuando se analizan los números de 1953, cuando las propiedades de cubanos casi se duplican al alcanzar 114, contra las 41 que todavía se mantenían en manos del capital estadounidense. Arnaldo Silva León: “La crisis política en Cuba en la década del 50”, en Revista Cinco Palmas, Oficina de Historia del Consejo de Estado, Año 2, no. 1, mayo de 2009, pp. 11-17; José Bell Lara: “Fase insurreccional de la Revolución cubana”, Editorial de Ciencias Sociales, La Habana, 2007, p. 4.

[8] Publicado en 1951.

[9] Francisca López Civeira: “La República (1899-1959)”, en Colectivo de autores: “Cuba y su historia”, Editorial Félix Varela, La Habana, 2003, p. 201.

[10] De acuerdo con los datos aportados por el Censo de Población realizado en 1953 y publicado en 1955.

[11] Dentro de estos, eran alarmantes los índices referidos a la provincia Oriente [108 000], donde la tasa de desocupados alcanzaba a estar por encima de la media del país, seguida por Las Villas  [83 000].

[12] Jorge Ibarra: “Cuba: 1898-1958 Estructura y procesos sociales”, Editorial de Ciencias Sociales.

[13] Fernando Martínez Heredia: “Nacionalizando la nación”, en  Fernando Martínez Heredia: “Andando en la Historia”, Ruth Casa Editorial.

[14] Ramón Grau San Martín (1944-1948), Carlos Prío Socarrás (1948-1952).

[15] La muerte de Eduardo Chibás el 16 de agosto de 1951, conmovió profundamente a la población cubana y lo consolidó  en la memoria colectiva como un ejemplo de honestidad, lucha contra la corrupción y valentía política. 

[16] Aunque no existen documentos oficiales o de otro tipo que confirmen la relación del gobierno o alguna de sus instituciones en la preparación y ejecución del golpe militar, en la cultura política de los círculos politiqueros cubanos estaba tan profundamente enraizado el -mal- hábito de no mover un dedo sin antes asegurar el respaldo o la “neutralidad” del embajador norteamericano de turno que era prácticamente imposible que alguien tan cercano a los Estados Unidos como  Batista se atreviera a dar un paso de ese tipo. Por si fuera poco, ya desde meses anteriores en The New York Times aparecía un editorial explicando la necesidad de un “gobierno fuerte” que pusiera orden en el país, alguien como… Fulgencio Batista. Si se tiene en cuenta que el gobierno de facto fue reconocido por la administración Eisenhower apenas 12 días después del zarpazo militar, no es necesario buscar más evidencias.  

[17] “…hemos gestado este movimiento para evitar a Cuba la vergüenza del régimen de sangre y peculado, que ha desintegrado las instituciones y creado el desorden y la anarquía en la República. Agravado por los siniestros planes del gobierno, que intentaba continuar más allá de su término constitucional, para lo cual el presidente Prío se había puesto de acuerdo con algunos jefes militares, preparando el golpe de Estado para los primeros días del mes de abril próximo, ante la evidencia de tener perdidas las elecciones (…) convencidos de la consumación de esos crímenes nos decidimos a afrontar la terrible situación para salvar al país (…)No tenemos ningún agravio que vengar, ni ambición personal que satisfacer. Queremos a la patria como soldados leales de la República; por eso hemos puesto el destino de esta revolución en manos del general Batista y Zaldívar, a cuyas honorables órdenes quedamos. Alocución de la Junta Militar Revolucionaria, Revista Bohemia, 16 de marzo de 1952, sección En Cuba.

[18] Fundó el Partido de la Cubanidad y se presentó como candidato a las elecciones de 1954 y 1958. Arnaldo Silva: “La crisis política en Cuba en la década del 50”, en Revista Cinco Palmas, Oficina de Historia del Consejo de Estado, Año 2, no. 1, mayo de 2009, pp. 11-17.

[19] También era conocida jocosamente entre la población como la Asociación de Amigos de Aureliano (AAA)

[20] Sergio Guerra Vilaboy y Alejo Maldonado: “Historia de la Revolución cubana”, Editorial Txalaparta, España, 2009.

[21] “Manifiesto de la Ortodoxia al pueblo de Cuba”, dado a conocer en marzo de 1952. Revista Pensamiento Crítico, Nº 31, agosto 1969, pp. 104.

[22] Germán Sánchez: “El Moncada: asalto al futuro”, en Revista Pensamiento Crítico, p. 105

[23] Ibídem…

[24] “Recuento Crítico del PPC (o)”. Editorial del periódico Acusador, aparecía firmado por Alejandro, segundo nombre y seudónimo de Fidel Castro Ruz. Revista Pensamiento Crítico, Nº 31, p. 106.  

[25] Es decir, esta organización no tuvo interés de extender su presencia a otras provincias ni tampoco existieron células municipales o regionales fuera de La Habana.

[26] Germán Sánchez: Ob. cit.

[27] Según testimonio de Santiago Riera, segundo coordinador del M-26-7 en Las Villas, él supo que desde prisión Fidel había estado preguntando y averiguando sobre quiénes podrían dirigir en las provincias las estructuras que se crearan.

[28] Ver más adelante en el trabajo los análisis referidos al surgimiento y objetivos de esta organización.

[29] Creada en agosto de 1955 –según testimonios de Faure Chomón y Julio García Oliveras-, no se daría a conocer su existencia hasta el 24 de febrero de 1956, en un acto realizado en el Aula Magna de la Universidad de La Habana.

[30] En relación a las relaciones FEU-DR, que a lo largo de estos años han provocado algunas confusiones en relación a la naturaleza y propósitos de cada una de ellas, la propia dirigencia del Directorio Revolucionario aclara los límites entre una y otra en un documento publicado en Alama Mater en marzo de 1956 bajo el título “Respuesta a una infamia”: [es la FEU un] organismo académico y docente, cuya función estatutaria es regir los destinos de la masa estudiantil en lo que compete a esos puntos, realizando una labor co-gobiernista, completada por el Consejo Universitario. [Mientras,]el Directorio Universitario es el instrumento creado, auspiciado y originado por la FEU y por tanto no tiende a dividirla; sino a vertebrar al estudiantado de manera organizada […]. Y sería completado por el testimonio de uno de sus principales dirigentes, quien años después explicaría que “hacía falta un organización para cuando llegara ese momento de persecución, cárcel y mártires, tener un aparato armado ya para luchar en esas condiciones, y de defensa de la FEU”. (Faure Chomón Mediavilla. Testimonio referido en Frank Josué Solar: El Directorio, revolucionario de su tiempo)  

[31] Armando Hart Dávalos: “Aldabonazo. En la realidad clandestina cubana, 1952-1958”, Pathfinder, Canadá, 2004.

[32] Ibídem, p. 89.

[33] Armando Choy, et al: “Memorias del Instituto de Segunda Enseñanza de Santa Clara. Lucha contra la tiranía batistiana”, Oficina del Historiador de la Ciudad, La Habana, 2009.

[34] Al menos, esas son las razones explicadas por algunos de los revolucionarios del M-26-7 como Antonio Larralde, Guillermo de Jesús Anido y Amador del Valle para explicar por qué en Santa Clara no tuvo fuerza significativa el movimiento universitario y sí el de los estudiantes de nivel técnico. Es necesario profundizar en el análisis de esta peculiaridad dentro del desarrollo del movimiento estudiantil a nivel nacional.

[35] Armando Choy, et al: Ob. cit., p.44.

[36] En relación a esta agrupación hemos encontrado muy pocas referencias, vinculadas sobre todo al testimonio del combatiente Armando Choy, brindado en entrevista a la autora. La Habana, 24 de febrero de 2006.

[37] Testimonio brindado por el combatiente Guillermo Rodríguez del Pozo Gallo Ronco, en entrevista realizada por la autora. La Habana, 12 de noviembre de 2006. 

[38] Esta organización tuvo un escaso impacto en el desarrollo de la lucha insurreccional en la provincia durante este periodo, pero de acuerdo al testimonio de Santiago Riera, aporta un referente importantísimo para el desempeño posterior del MR-26-7 en la región.

[39] En relación a la forma en que se incorpora Santiago Riera a la Dirección Provincial villareña del Movimiento, en carta dirigida a Melba Hernández el 7 de septiembre de 1955, Fidel explica: “[…] Esta de hoy es casi seguro que esta misma noche llegue a manos tuyas. El joven que las lleva [Santiago Riera] me ha hecho una gran impresión personal, aparte de algunas referencias que de él tengo. Vino para un asunto familiar, pero se interesó por verme y hemos conversado mucho. Le encomendé un trabajo especial en Las Villas […] Pero aparte de eso, puede ayudar mucho en otros aspectos del trabajo general en la provincia; él te hablará de los amigos nuestros con que tiene allí relaciones. LE hice hincapié en que colaborara con la sección económica de la ciudad. Quiero que lo pongan lo más pronto posible en contacto con F. [Faustino Pérez] el médico, para que este le influya acerca de las tareas que pueda realizar en la provincia […]”. Carta referida en Herberto Norman: “La palabra empeñada”, t.1, pp. 246-247.  

 
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